Supongo que todo empezó desde muy pequeña. Ya de niña, con apenas cuatro o cinco años, mis sueños oníricos albergaban siniestros personajes que me perseguían después en mi vida diaria. Quizá tuve siempre demasiada imaginación. Uno de los primeros atisbos de locura que logro recordar ahora, sentada frente al portátil con un cigarrillo entre los labios, se remonta a mi más tierna infancia.

Recuerdo que de niña siempre me costaba mucho dormir por las noches. Pasaba horas en vela con la luz de la mesilla de noche encendida, produciendo extrañas sombras en las paredes y el suelo de mi habitación. Nunca me atrevía a apagarla, y menos aun después de aquella noche, la primera y la última en la que mojé las sabanas.

A pesar de que mis padres me acostaban bien temprano para que descansara, pocas veces conseguí dormirme antes de que ellos se acostaran, y la casa se llenara de los susurrantes ruidos nocturnos. Procuraba tener los ojos fuertemente cerrados, con la esperanza de caer así antes en los brazos de Morfeo. Una vez, únicamente por un instante, me atreví a abrir mis pequeños párpados. Puede que tuviera sed, o ganas de ir al baño, no lo recuerdo. En mi mente quedó grabado para siempre lo que mis ojos contemplaron durante aquel breve lapso de tiempo. Todas mis muñecas, sentadas plácidamente en las estanterías, tenían su plástica mirada posada en mí. Sus ojos relucían con una chispa de vida de la que deberían haber carecido por completo. Y sus estáticas sonrisas mostraban una expresión espeluznante. Cerré los ojos inmediatamente, y cubrí mi diminuto cuerpo tembloroso con las mantas, con la esperanza de que me protegieran de aquel perverso espectáculo. Sin embargo, mis oídos seguían captando nuevos ruidos, distintos de los habituales, procedentes de mi propia habitación. Una ligera risa estridente perforó mis tímpanos. Dos enormes lagrimones salieron de mis ojos todavía cerrados, y mi vejiga no pudo soportar la tensión de mi cuerpo, liberando su dorado líquido sobre las sábanas afelpadas.

Supongo que grité, porque al cabo de unos segundos, mi madre apareció en el umbral de la puerta. Afortunadamente, no fue dura conmigo por haberme meado encima. Comprendió que todo había sido un mal sueño. Observé a mí alrededor con la seguridad que me proporcionaban los brazos de mi madre, y las muñecas habían vuelto a su estado natural, frías, inmóviles, sin vida. Sus numerosos ojos ya no me miraban, y volvían a ser mis bondadosas y pacientes compañeras de juego. Me dejé convencer de que todo había sido una horrible pesadilla, que en algún momento anterior había sucumbido al fin al sueño. De todas formas, mi mente infantil no desdeñaba del todo el peligro, y rogué a mi madre poder dormir en su cama aquella noche.