No soporto el retumbar que producen en las paredes de mi casa, ni el estruendo ensordecedor que provoca pitidos en los oídos, pero sobretodo, odio la inconsciencia de la mayoría de la gente al arrojarlos, sin tan siquiera mirar dónde lanzan sus pequeñas bombas.

Mis gatos tampoco soportan semejante barbarie, y eso que al menos ellos estan protegidos por muros de argamasa y cemento. Los pobres gatos de mi gato son presa fácil de chiquillos pequeños (y no tan pequeños) que sacan a relucir su lado más sádico en estas fechas, en las que disponen con todas las de la ley, de artillería lo suficientemente potente para arrancar dedos y ojos de cuajo.

Ojalá existiera un poquito más de control. Personas como yo, hartas de vivir en Valencia que año tras año tienen que soportar a los falleros ebrios y a sus hijos armados y sin control, lo agradecerían y se sentirían mucho más tranquilas al salir de casa.