LOS ANILLOS PERDIDOS DE ÁVALON (Final)
Me he cansado de ir colgando poco a poco el relato, así que aquí tenéis lo que restaba de él. Quién quiera leerlo, ya lo tiene completo y no tiene que esperar más, y los que no querían ojearlo siquiera no lo van a hacer sólo porque lo cuelgue por partes.
Antes de que la puerta se cerrara tras de mí, la melodía de mi teléfono comenzó a sonar desde el bolsillo de mi pantalón.
- ¿Ya los tienes?
- ¿Cómo lo has sabido?
- Dígame dónde se encuentra y un coche irá a recogerle en diez minutos.
Rose no mintió. Un mercedes negro con cristales tintados se paró frente a mí. Tiré la mitad del cigarrillo que todavía no había terminado de fumar, y abrí la portezuela de atrás.
Aparte del desconocido chofer, nadie más se sentaba en el interior del vehículo, cosa que me alivió bastante. Todo aquello empezaba a adquirir tintes melodramáticamente surrealistas. Lo único que deseaba era coger mi pasta y olvidarme de todo. Pero sus ojos… Sus ojos seguían hablándome en el interior de mi mente, aunque en aquel momento todavía no era capaz de escucharlos o entenderlos.
Sospeché que el coche me había seguido todo aquel tiempo, pues tardamos más de cuarenta minutos en llegar a nuestro destino, sin dirigir ni media palabra con mi conductor particular, por cierto. Dudaba de que se encontrara tan cerca de dónde yo estaba por casualidad.
El coche traspasó una verja abierta en mitad de lo que antaño había sido un frondoso bosque caducifolio. Ahora no era más que un complejo de apartamentos y chalets para gente adinerada, aunque he de reconocer que la casa con aspiraciones a mansión a la que me condujo, se ubicaba bastante aislada del resto. No quise imaginar porque.
Rose nos esperaba en la puerta, vestida con un escotadísimo vestido negro, que contrastaba enormemente con su blanca piel de porcelana. Seguía llevando frente a sus ojos aquellas enormes gafas de sol, aunque el cielo estaba completamente cubierto de negros nubarrones.
- Veo que has tenido éxito.
- Supongo que sí. – Le tendí el estuche dónde el joyero me había entregado los Anillos.
Su rostro se iluminó con una sonrisa seductora y malévola al tiempo. Volvió a cerrar el estuche y lo guardó en su pequeño bolso.
- Te has ganado tu dinero, en seguida lo tendrás ingresado en tu cuenta, pero si quieres, primero puedes pasar…
Acepté su invitación con expectación, y me arrepentiré de ello el resto de mi vida.
Me llevó a oscuras de la mano hasta su opulenta habitación en el primer piso de la pequeña mansión. Cerró la puerta con llave para que nadie pudiera molestarnos. Deslizó los tirantes de su vestido, dejándome contemplar su cuerpo desnudo en la penumbra de la habitación.
- ¿Ya has averiguado si soy hombre o mujer? – le pregunté.
- Me encantan las sorpresas. – Aunque no se sorprendió demasiado cuando pudo contemplar mi cuerpo sin ropa. Se quitó las oscuras gafas de sol para poder apreciar mejor mi piel entre tinieblas, pero yo no me fijé en sus ojos, pues me concentraba más en recorrer con la mirada cada recodo de su escultural cuerpo.
Follamos como animales salvajes, sin tregua ni descanso. Incluimos en nuestros morbosos juegos mordiscos sangrientos y dolorosos arañazos. Copulamos hasta la extenuación. Todavía me quedaba el suficiente aliento para encender un cigarrillo y pasárselo a mi nueva amante, que seguía relamiéndose mi sabor de sus labios. Encendí otro para mí pese a que casi no podía ni respirar, pero la nicotina me exigía otra dosis tras largas horas sin poder fumar.
Llamaron inoportunamente a la puerta. Me vestí apresuradamente y de cualquier manera, pero a Rose le bastó con envolver su sudado cuerpo con la sedosa sábana de su cama revuelta.
Un matón con cara de perro viejo y astuto esperaba al otro lado de la puerta.
- Mira lo que hemos encontrado. – Un compañero suyo traía consigo a una chica maniatada que sangraba profusamente por nariz y boca, y presentaba numerosos moratones, deformando las facciones de su otrora bello rostro. El pelo rosa y sus ojos seguían intactos. Esos ojos… era ella.
- Vaya, vaya. ¿Quién tenemos aquí? Pero llegas con retraso si querías apoderarte de mis Anillos, pues ahora están en mi poder.
- ¡TÚ! – La Chica se sorprendió al ver la cara de Rose, como si ya la conociera y no le agradara reencontrarse con ella.
- ¡Traidora!
- ¿Me llamas traidora a mí? ¿A quién derrocasteis del poder? ¿A quien exiliasteis a este maldito mundo sin magia? – Rose escupió sobre las heridas del rostro de la Chica. Meditó unos instantes antes de pronunciar sus siguientes palabras.
- Creo que esta inesperada visita me puede ser útil, de hecho, no podrías haber venido en mejor momento. Llevadla con las otras, y preparadlo todo. La ceremonia se celebrará esta noche.
De los ojos de la Chica salieron dolorosas lágrimas de terror, y su mirada volvió a encontrarse con la mía por segunda vez aquel día, pese a que me había ocultado entre las sombras todo el tiempo. Por un instante, sus ojos me mostraron un mundo extraño y fascinante, y su voz resonaba en mi cabeza, relatándome una historia, su historia.
En un mundo muy distinto del tuyo, dónde la magia todavía sigue viva, e infinidad de razas vivían en armonía entre ellas y con la tierra que les cobijaba, mi pueblo sufrió una grave tragedia de la que todavía no nos hemos podido liberar del todo.
Las imágenes se agolpaban en mi mente, dejándome ver inmensos dragones surcando un cielo azul profundo y límpido, un castillo encantado, con muebles que se movían por sí mismos, hadas revoloteando alegremente entre las flores de un verde prado soleado, e infinidad de gentes extrañas sonrientes y felices. Pero las imágenes se tornaron más y más siniestras, a medida que la Chica proseguía con su silencioso relato.
Una bruja, una malvada bruja, consiguió más poder del que se pudiera imaginar en aquel entonces, usando artes oscuras y perversas para conseguir sus fines. Se autoproclamó reina de mi pueblo, provocando cientos de calamidades sobre sus súbditos, a los que trataba como meros esclavos. Las bestias más sanguinarias le ofrecieron su protección, a cambio de poder desolar nuestra amada tierra a su antojo.
Difíciles y dolorosos tiempos tuvo que soportar mi pueblo, antes de decidirse de una vez por todas a terminar con el reinado de terror de Rose. La desesperación confirió la fuerza necesaria a sus brazos y espadas, y consiguieron librarse de ella, con demasiadas muertes a sus espaldas.
Fue exiliada a tu mundo, pues nadie se atrevió a matarla por las horribles consecuencias que podría acarrear en su persona y sus seres queridos. Es peligroso destruir a alguien de tanto poder, sobretodo si está imbuido de magia negra. La victoria no consiguió despejar la inquietud en las gentes de mi pueblo. A pesar de haber destruido el portal mágico que comunicaba ambos mundos, existía una reliquia que podría devolverla, con ansias de venganza y sed de sangre. Los Anillos Perdidos de Ávalon, desterrados tiempo atrás por haber sido fabricados con sangre de inocentes, por medio de las tenebrosas artes de un mago demente.
Intenté recuperar los Anillos, antes de que ella pudiera volver a utilizarlos. Me mandaron a tu mundo con ayuda de otra reliquia que Rose jamás se atrevería a usar, pues sólo alguien puro de corazón puede emplear su poder sin destruirse en el intento. Pero he fracasado, he llegado demasiado tarde. Te suplico que la detengas, que me ayudes a frenar sus intentos de regresar a mi mundo, pues allí sería capaz de recuperar toda la magia que le arrebatamos. AYÚDAME. AYÚDAME. AYÚDAME.
Aunque toda una vida había transcurrido frente a mis ojos, la alucinación sólo duro lo mismo que un suspiro en realidad. Por norma general, no suelo inmiscuirme en los asuntos turbios de mis clientes, y esta vez no hubiera sido distinta de no ser por esos malditos ojos violetas, girando y girando sin parar. Mirarlos era como asomarse mareado a un abismo infranqueable. Y su voz seguía resonando entre las paredes de mi cráneo: Ayúdame.
Los matones se llevaron a la chica y la puerta volvió a permanecer cerrada. De nuevo, me quedé a solas con Rose, cuyos ojos verdes se asemejaban muchísimo a los de la Chica, pero sus pupilas en forma de espiral giraban en el sentido opuesto al de las agujas del reloj. Se encontraba pletórica, radiante, espléndida. Las piezas de su macabro plan empezaban a encajar a la perfección. Su voz rompió el silencio al que se había sumido la habitación.
- Me gustaría que te quedaras esta noche. Va a suceder un acontecimiento muy importante para mí, y desearía que me acompañaras.
Si de verdad esperaba rescatar a la Chica debía seguirle la corriente, aunque no sabía que en realidad no tenía elección.
Accedimos a los sótanos por unas escaleras de piedra ruinosas y extremadamente inclinadas. Aunque el recinto era húmedo y frío, parecía mucho mayor de lo que me había imaginado. Parecía, pues sólo podía intuir el tamaño por los ecos de nuestras pisadas y de los sollozos lastimeros de otras prisioneras que tampoco alcanzaba a ver por la oscuridad reinante. Como de si una orden mental se tratara, débiles luces comenzaron a alumbrar la apestosa catacumba. Los matones encendían las antorchas dispuestas en las paredes cavernosas, antorchas fabricadas con grasa que al ser quemada producían un olor nauseabundo.
Cuando mi visión se adaptó a la suave penumbra de la luz de las antorchas poco a poco iluminadas, alcancé a ver una imagen grotesca, espeluznante. Seis mujeres jóvenes, alguna apenas una niña, se encontraban tiradas sobre el frío y duro suelo de piedra, atadas de pies y manos, amordazadas y completamente desnudas. Sus lágrimas resbalaban sobre la mugre de sus rostros, y el terror no había tenido nunca para mí un rostro tan real. Sus cuerpos formaban una especie de círculo, cuyo centro presidía el cuerpo de la Chica, inconsciente, colgado a unos palmos del suelo, atado con regias cadenas cubiertas de óxido. Ella también se encontraba amordazada, y si seguía con vida, poco le faltaba para despedirse de ella.
Al terminar de encender todas las apestosas antorchas, los dos matones se interpusieron ante la única vía de escape, las escaleras, mirando con ojos enrojecidos a su ama y señora. Realmente lo tenía crudo si pensaba escapar de allí con vida, sobretodo con la cautiva de pelo rosa.
Rose también se desnudó ceremoniosamente. Le colocó con brusquedad los Anillos a la Chica en sus delgados tobillos. El cariz que estaban tomando los acontecimientos era aterrador, sin embargo, algo me mantenía inmóvil y en silencio.
Rose extrajo una espada corta y brillante de un estuche negro similar al que le había entregado horas antes, pero de mayor tamaño.
Sin mayores contemplaciones y alardeando de una sangre fría más propia de reptiles que de humanos, Rose comenzó a rajar y destripar los vientre de todas las mujeres tumbadas en el suelo. Sus gritos de dolor, angustia, pánico, imposibles de contener con las mordazas, me estremecieron de pies a cabeza, y sus estertores de muerte fueron el sonido más indescriptiblemente aterrador que pudiera haber imaginado jamás. Deseaba huir de allí, salir corriendo, dejar de mirar la escena que acontecía ante mí, o simplemente gritar con todas mis fuerzas, pero seguía sin poder moverme. Algo, una misteriosa fuerza me obligaba a tener los pies quietos, los ojos abiertos y la boca cerrada.
En ese momento Rose me miró, y una siniestra sonrisa surcó sus labios ensangrentados. Me había atrapado sin darme cuenta. Intenté chillar de desesperación, pero de mis labios sellados no surgió ningún sonido. Mis gritos me ahogaron silenciosamente por dentro.
Cuando la vida se escapó de la última mujer agonizante en el suelo, Rose, implacable, se acercó lentamente a la Chica, que acababa de recobrarse de su inconsciencia. Su rostro se contrajo en una mueca que entremezclaba miedo y odio, ira y dolor. Rose disfrutó mientras le rajaba con la espada, partiéndola prácticamente por la mitad, con un profundo corte de la garganta hasta el pubis. Con sus propias manos, destripó con saña el deformado cuerpo de su víctima, tirando al suelo cada una de sus escarlatas vísceras.
- ¡Por fin! – Exclamó, secándose con el brazo el sudor de la frente. – Es hora de volver a casa.
Me tendió su manchada mano. Fui incapaz de hacer cualquier otra cosa que no fuera obedecerla. Con su ayuda, me introduje en el cuerpo abierto de la Chica, justo antes que ella.
Ahora mismo escribo estas líneas con el miedo y la angustia de que ella las encuentre y me torture o algo peor. Me condujo a su mundo, que no tardó en volver a doblegar bajo su inflexible yugo de crueldad.
Para Rose soy poco menos que una puta, y si me mantiene con vida, es para poder regresar a mi mundo, y conquistarlo también. Para volver a abrir la puerta necesita de alguien que haya nacido allí, alguien que pueda ceñirse los Anillos Perdidos de Ávalon y morir como la pobre Chica de Pelo Rosa. Alguien como yo.
Por esa razón debo encontrar los malditos Anillos e intentar destruirlos, o morir en el intento.





Lucia dijo
Querida M-n-rivers:
He leído hasta la escena que no querías que tu madre comentara, jejeje. Tenía curiosidad, pero no tengo tiempo para acabar de leer el relato, así que mañana lo haré. Ya te dije que me gusta, pero nunca he sido de esas personas que opinan "Me ha gustado mucho"; tengo que decir lo bueno y lo malo. A mi por lo menos me gusta que me digan en qué flaqueo.
Las dos primeras partes me parecían bien adecuadas (el mismo registro, la misma manera de contar la historia, el mismo estilo), pero ahora veo un nuevo estilo. Es como si hubieras escrito la historia en días diferentes y con estados de ánimos diferente. A mí me pasa; unos días estoy más fresca y natural, otros más recargada, otros más poética... Y eso ha sido el único fallo que le he podido encontrar.
Un beso enorme :-)
Lucia
10 Abril 2008 | 10:17 PM